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Lunes, 26 de septiembre de 2005
La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul
A la mayoría os sorprenderá el leitmotiv de este apartado, para empezar porque en principio se aleja un trecho de lo que generalmente asumimos y hablamos en ‘Aventuras’, pero estas palabras son un punto de inflexión en ATENEA, ya que presentan el primer post que refiere a una idea que rondaba mi mente desde hace un tiempo, que consistía en publicar las ideas que rondan desde hace un tiempo mi mente, representadas en palabras a modos de relatos. Además a todos nos sorprende el título, pero esto no lo voy a esclarecer, al menos ahora, pero cuando acabéis esta, espero provechosa lectura, deduciréis antes que lo revele.
Rondaba las 4:00am, o al menos eso marcaba el reloj de bitácora. Me despertaba tras un sueño que me había abstraído de la realidad durante un par de horas. Ahora era mi turno de guardia, y así tenía que salir a relevar a mi compañero en cubierta. Mientras salía del camarote que me había visto dormir despejaba mis ojos mientras el balanceo transversal provocado por las olas ponía a prueba mis reflejos y la reacción de mis músculos.
Ascendía pues, ataviado con ropa de lluvia y bajo un sinfín de capas para aislarme del frío húmedo, por la escalerilla que tras el tambucho conducían a la cubierta, donde esperaba mi compañero, cansado ya, necesitado de un par de horas de descanso.
Mientras superaba los peldaños veía como la cerrada noche era iluminado por la majestuosa esfera celeste, pletórica de constelaciones. Dichas constelaciones son las que antaño había iluminado decenas de civilizaciones marineras que han poblado la Tierra desde el albor de los tiempos, como los fenicios, que guiados por las estrellas bordearon África desde el Mediterráneo hasta el Rojo bajo encargo del rey del majestuoso Egipto, Necao. Yo sentía igual, en ese momento, pletórico por la sensación de estar a merced del medio, solo guiado por astros que iluminan la noche situados a años luz de nuestro sistema. Sin embargo, una ola consiguió sacarme del ensimismamiento, a la vez que mi compañero me daba el mando del velero y se retiraba a su litera para descansar un par de horas.
Cuando aferré el timón vi la preciosa luna, en esos momentos menguante, a popa del buque que hacía levantar ‘olas de plata y azul’ y ahí comprendí cuando el esplendido poeta romántico español, José de Espronceda, logró lo que es posiblemente uno de los mayores exponentes de la literatura española, la Canción del Pirata. Y en ese momento, con la caña en la mano comencé a susurrar los versos que desde ese momento me persiguieron en toda nuestra singladura. Estrofas que hacían sentirse identificado. Estrofas que hacían sentirse pleno en aquel entorno, entre el agua del inmenso mar de Alboran y el aire.
El viento, a la popa, acariciaba mi cuello antes de impulsar el velero a través del empuje en las velas, abiertas para aprovechar todo el aliento de Eolo. Pero no solo esa era la función de aquella suave brisa, sino levantar olas de un par de metros, que la quilla cortaba como si de una espada se tratase.
El recuerdo de la canción hizo traerme los recuerdos de todo lo que ya había vivido en esa travesía que me llevaba a otro continente. No solo el surcar el mar que besa las hermosas costas rocosas del sureste español de donde partimos al alba anterior. También esos afortunados encuentros con delfines y cetáceos, los primeros tan familiares que permitían el baño con ellos. También ese atardecer que el estrecho había otorgado, un atardecer que según corría el minutero variaba sus colores como si de un camaleón se tratase. Y es que desde el profundo rosado como el vino, hasta el rojo carmesí de la sangre, había una gama de preciosos tonos como el maravilloso rojo coralino que bajo nosotros habitaba.
Pasó el tiempo como si fuera un obús, y se hizo la hora de escribir en el cuaderno de bitácora. Allí anote los datos que la navegación me aportaba. A pesar de los datos que me aportaba el sistema GPS trataba de resolver los problemas que antiguamente resolvían las situaciones estimadas, para después compararla con la presentada por la electrónica. Pasé entonces a situarme por la carta, y a esas alturas, a mitad camino entre África y Europa, con la Isla de Alborán como tierra más cercana, teníamos sondas de más de 2000 metros. Eso me hizo plantearme la escandalosa ignorancia del hombre, ya que bajo nosotros teníamos un mundo que el hombre, en sus milenios de existencia seguía oculto hasta para los más interesados.
Entre este y muchos otros pensamientos que entonces rondaban mi cabeza paso mi guardia, así como la noche, y el trayecto. Y es que a pesar de ese amanecer calido, con los delfines franqueando nuestro rumbo, como si de protectores se tratara. Y a pesar de las dificultades, a la noche siguiente vislumbramos las luces del faro del cabo de Tres Forcas y las luces de nuestra ciudad más olvidada, Melilla. Enclave histórico español, rodeado del reino alauita de Marruecos y situado entre las Islas Chafardinas y el cabo antes citado.
Allí descubrí una verdadera amalgama de culturas, ya que Melilla puede presumir de poseer 4 de las más importantes religiones actuales: Cristianismo, Islam, Judaísmo e Hinduismo. Y es que Melilla desde su fundación ha albergado a las 4 culturas creando un magnífico enclave cultural. Casí tan magnifico como su ciudad antigua. Una ciudadela que custodiaba desde siglos atrás la ciudad española bajo grandes cañones.
Y es que la hospitalidad, amabilidad y bondad de sus gentes, hacen inolvidable esa corta estancia que me llevó la suerte de poder llegar hasta allí. Y es que no tengo nostalgia porque en breve vuelvo a partir hacia allí, para surcar de nuevo con el velero el mar de Alborán con destino la preciosa y antigua ciudad de Cartagena. Obviamente el velero se llama Anna*.
*El velero Anna es un precioso Sloop de apenas 8 metros de eslora, y casi 40 años de historia en su fantástica quilla corrida, la cual ha cortado las olas desde Goteborg hasta el Mediterráneo.
LUIRUSH
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Stambul:
«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
e esplendor,
ue no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.»
José de Espronceda
Pd.- ME guataría cualquier tipo de comentarios sobre el texto y la idea de impulsar los relatos.
Por: Luis | Aventuras | Comentarios (1) | Referencias (0)